Los juntapiedras

Comencé a juntar piedras desde chico, yo diría que desde que tengo memoria. En un principio no entendía por qué; ahora no importa.

A medida que fui creciendo, mi padre me enseñó a juntar piedra tras piedra, a practicar y a esforzarme por que cada una fuera más grande que la anterior. Parte importante de mi educación fue aprender a respetar y admirar las pilas de piedras dejadas por mis antepasados y por los grandes hombres del pasado. Ellos nos legaron inmensas pirámides rocosas a las cuales admirar.

A medida que crecí, las piedras se fueron haciendo más grandes. Un nuevo logro era poder juntar una mayor a la anterior. No fueron pocos los amigos que perdí bajo una ambición desmedida que nunca pudieron terminar de levantar.

Ya hombre, aprendí a confeccionar bolsas más grandes, para poder llevar más piedras. De tanto en tanto, a la sombra de alguna pared montañosa o en el resguardo de la noche, volvía a abrir mis bolsas y rebuscar los pequeños guijarros inocentes que junté de pequeño. El recuerdo de esas proezas menores no pocas veces me llenaron de lágrimas.

Para cuando fui viejo, las bolsas de piedra se habían acumulado tanto que casi no me permitían respirar. La acumulación, creo yo, es como una gran piedra formada de pequeñas partes. Las formas punteagudas y las depresiónes que se forman en la bolsa, de alguna manera nos definen.

Un día las bolsas se rompieron. Tuve miedo. Pensé que toda la obra de mi vida se había destruido. Todas mis piedras cayeron al piso de repente y formaron una gran montaña, más pequeña que algunas que he visto, mayor que muchas otras. La sensación fue increible. Liberado de aquel peso comprendí al fin por qué los mayores ya no están con nosotros.

Cuando las piedras se caen, uno puede ir a donde quiera.

El idioma

El idioma es un océano en el que muy pocos surfean, algunos nadamos con extrema dificultad y no pocos se ahogan.

2011

Hay años nuevos, viejos, bisiestos, centenarios, dudosos, terminados en cero, repetidos y problemáticos. Y después están los demás años, los que sirven para hacer cosas que marquen los años por razones importantes: son los años que valen la pena. Bienvenidos al

2011: año del dragón de tinta.


La función Ripoll

El otro se fue a París. Dicen que le dieron un premio, que robó cierta atención pasajera y que alcanzó a balbucear un par de frases. Habrá paseado, se habrá sentido más americano que cuando estaba en América; y a lo mejor hasta extrañó la tierra, los deudos y el amor único. Pero ese fue el otro. Yo sigo sentado en la escalera del muelle, fumando, con los pies en el agua.

Espresso

Lo que tiene de bueno el análisis literario es que cuanto más contenido tiene, más se parece a una charla de café. Por lo menos a las buenas charlas de café.