Segrob

Cuentan que Segrob, en los últimos estadíos de su anagrámica locura, consumía las tardes tratando de comprender los versos que urdía su imagen al otro lado del espejo.

El arenero

Ida y vuelta. La vida: ida y vuelta. Hay muchos que se preocupan, que tienen miedo de no volver, que sea un viaje de ida. Pavadas, la vida es ida y vuelta. Más extraño sería si yo dijera: Fui, y no volví jamás. Pero yo no soy un tipo extraño, no soy “especial”, lo sé, me lo dijo la Colorada. Yo soy uno más, uno del montón. Menos que del montón. Cuando te hayas ido, me decía, no me voy a acordar ni de tu cara. Tu cara, se parece a otros cientos de caras que pasaron por acá. Caras que van y que vienen, un rato, y después va y viene otra cara, y otra, y otra. Y después ya no hay más caras, es una máscara, una que va y viene, y no tiene rasgos, ni voz; a veces un murmullo sí, un hummm, otras ni eso. Y ya ve usted, tenía razón, soy uno más. Fui uno más de los que van y vienen, pero nunca llegan a ningún lado.
¿Qué será de la Colorada? Antes, cuando me echaba, si no podía dormir porque el guacho del Polaco estaba limpiando las mangueras —lo hace a propósito, es una de las formas en que le gusta torturarnos—, entonces me entretenía pensando qué sería de la Colorada. El último día, cuando le dije que me embarcaba, que no sabía si iba a volver, puso una cara como de decepción. Un momento, pero yo me di cuenta. Yo le conocía la cara como si se la hubiera dibujado. Ve, tenía razón, ella era especial. Las únicas caras que se pueden recordar, son las especiales: cada movimiento, cada surco, cada sonrisa, cada decepción. A lo mejor se pensó que yo algún día llegaría lejos. Capaz que se hizo la película alguna noche en vela de las que no trabajaba. Que yo tenía un montón de guita, y que la iba a buscar al puterío, y que me la llevaba a un departamento lujoso, y quién sabe si no me casaba con ella también, de puro enamorado. A lo mejor ella pensaba eso, digo yo. Pero no me dijo nada. En lugar de eso, se sacó la tanga y me la revoleó en la cara: Para que te acuerdes de mí, dijo. Y a veces, cuando me echaba entre turno y turno, uno se acostumbra a las horas del arenero, es él quien marca los compases, quien vive en nosotros, es como un nene que hay que ponerle las mangueras, sacarle las mangueras, cambiarle los pañales. A veces, cuando me echaba entre un turno y otro, dormía con la tanga de la colorada pegada a la cara. Como si fuera un pañuelo, tapándome la nariz, como si pudiera, por un rato, olvidarme del aliento barroso del arenero.
Acá no hay privacidad. El catre lo usa el que no está de turno, así que nunca está vacío. Alguna vez tuvo sábanas, pero la mayoría nos acostamos vestidos. Parecerá extraño, pero es una forma de defenderse del arenero, de seguir siendo uno, al menos en la piel que no se curte con el gasoil y con el barro. Mi piel, y no una más de los que se acostaron —de los que van y vienen, porque todos van y vienen, ¿sabés?— en este catre.

El día que me presenté, me explicaron todas las reglas del trabajo, todas la que están escritas, porque las del Polaco por ejemplo, no me las dijeron. Trabajás cuatro horas, dormís cuatro horas. Dormís o paveás, o hacés lo que quieras, vivís. Lo que se puede vivir en el arenero. Eso lo hacés unos quince días, en tandas de tres, lo que tarda el arenero en trepar el río hasta donde se puede chupar, casi un día que se la pasa chupando, y después la vuelta y la descarga. Así vas y venís cuatro veces, y después, tenés unos tres días francos, que luego aprendés que son menos, eso no te lo dicen, porque muchas veces el río está bajo, y no se puede atracar, o se atrasa porque hay que dejar paso a otro barco, y resulta que en una curva del río te comés cuatro, a veces cinco horas de espera, mientras el otro maniobra. Pero nadie se queja, llegar a puerto es un día de fiesta. Para todos, menos para mí. Para mí no hay nada en el puerto. Ni siquiera la Colorada.
El Polaco tiene una mina, dicen, porque él nunca habla nada. El Rata siempre tiene alguna colegiala que le dé bola, y Paquete se la pasa en los puteríos. Dice que las putas no le cobran, por el tamaño. Dice que las tiene locas a todas. Pero de una forma u otra, siempre vuelve sin un mango, y termina mangueándome la yerba a mí o al Rata. Con el Polaco no se mete, aunque son compañeros de guardia. Él y el Paquete hacen un turno, el Rata y yo el otro. El Polaco le dice “Paquetito”, le toca el culo. Si a algunos de nosotros se nos ocurriera hacer lo mismo, nos destrozaría; pero cuando se lo hace él, no dice ni mu. Me contó el Rata que una vez se agarraron a trompadas. El Paquete se le fue al humo, y el Polaco lo surtió mal. Le dejó la cara arruinada, y para peor, cuando lo tenía grogui en el piso, se la dio. Dice el Rata que el otro casi ni se movía cuando el Polaco le daba, que estaba como inconsciente. Y después de esa, nunca más. Se hablan lo necesario, pero andan siempre con cara de perro. Yo creo que, cualquier día de estos, el Paquete se la devuelve; al fin de cuentas, todo es ida y vuelta en la vida. Y va a ser jodido, porque el guacho anda armado de veras, da miedo. A mí, si me preguntan: yo no vi nada.

El primer franco me moría de ganas de ir a verla. La vida acá arriba es distinta. Hay más tiempo para pensar, o eso es lo que uno se cree al principio. Hasta que se acostumbra. Después entrás en una especie de sueño en vela, dormir entrecortado ayuda, y pasa el tiempo sin que uno se dé cuenta. ¿Cuántos días? ¿Cuántos meses me la pasé sentado en el borde del arenero, con los pies metidos en el agua y mirando la nada? Esperando encontrar la tanga de la colorada, enganchada en una ramita, flotando entre la basura o sobre algún camalote, confundida con alguna bolsa de plástico. El río es lindo para los que vienen de visita. Pero, si estás acá, llega un momento en que te tapa. Todo es río, y no tenés ni idea de si estás en tal o cual lugar, son todos iguales. Arriba del arenero, no te das cuenta de si es de día o de noche, si es primavera u otoño, si sos viejo o si sos joven. Acá es siempre lo mismo. El tiempo no corre en el agua: el tiempo es agua, y si vas a favor o en contra de la corriente, te juega sucio: hace cosas raras. Pero de eso te das cuenta después, cuando ya sos del río, cuando pasó más agua por debajo de tus pies que suelo, cuando te mareás en tierra, cuando no sabés, o no te acordás, como volver. Al principio es todo distinto, es algo nuevo. Se extraña la gente, el barullo. El arenero va rumiando su sueño de gasoil día y noche, y parece que te vas a volver loco. Entonces no ves la hora de tocar puerto, tierra, vida. Y me moría por verla, pero el primer franco todavía no había cobrado, no me habían hecho los papeles, y entonces me tiraron unos pesos adelantados, que eran pocos, y yo no quería mostrar miseria. Por algo me había ido, no para volver con chauchas.
Me aguanté. Esperé como un desesperado, ida y vuelta: río arriba y río abajo. El segundo franco también me moría por verla, pero no fui. Había juntado unos buenos mangos, y si esperaba unos francos más, me iba a alcanzar para alquilar un departamentito, para llevármela, para hacerla vivir como se debe. ¿No era eso lo que ella soñaba? Lo que me había mostrado en aquella cara, decepcionada, furiosa casi. Era su sueño, y quién se lo iba a hacer realidad sino yo. ¿Alguno de los borrachos que la iban a ver? No tienen más que para visitarla una vez por quincena, y a veces ni para pagarse los tragos. En eso me podía estar tranquilo. El único que me la podía llevar era yo. Yo era especial, aunque ella no lo quisiera creer. Yo iba a ser especial. Aquellos días dormía con la tanga agarrada bien fuerte bajo la almohada. La cama olía a la Colorada y no a gasoil, y ni el barro de las mangueras podía ensuciarme. Yo soñaba que me esperaba en el puerto, que cuando llegaba el arenero ella me estaba esperando con el vestidito ese floreado que le vi una vez, que corría a mi encuentro y me abrazaba. A veces, hasta venía con un pibe en brazos. Uno como yo, pero chiquito. Y entonces me entraba un ardor en los ojos, y me tapaba la cara con las sábanas para que no me vieran. ¿Cuántas lágrimas tendrá guardada esta almohada? Seguro que no son todas mías.
Mientras tanto, iba entendiendo cómo eran las reglas del arenero. No los turnos y las mangueras, eso lo aprendés en un par de días. Lo difícil: sobrevivir en el arenero. Esa sensación del perpetuo cansancio que las cuatro horas de sueño no te alcanzan a sacar, y que se hace todavía peor cuando subís a cubierta y lo único que podes hacer era mirar el río, siempre marrón, y la costa, siempre verde, y discutir si aquel era el arenero de Manzotti, o si el que se había varado había tenido mala suerte, o si era un imbécil que no podía compararse con alguno de nosotros. Para cuando pasan unos meses arriba del arenero, te sabés la vida y obra de todos los demás, y ellos conocen la tuya. Y entonces sólo se puede hablar de lo que hay, de lo que se vive, de lo que se respira. Y eso es siempre el río.

Un día me decidí. Había juntado como para alquilarme una casita chiquita, o un departamentito, a lo mejor a ella le gustaba más vivir en un departamento. Hay gente que sufre mucho la humedad. Aunque mi recuerdo de los pies de la Colorada son siempre calientes, como manos que te aferran, como enredaderas que te atraen, que no te dejan escapar. La Colorada sabía cómo exprimir a un hombre, cómo hacerle sentir que la única forma de sobrevivirla era entregándole todo lo que se tiene.
Ese día el río estaba de mi parte, algún tiempo después me pregunté si sabría lo que iba a pasar. Ahora estoy seguro. Llegamos con la alta, y ni bien amarramos yo ya estaba abajo, listo para irme hasta la Constitución, a ver si me compraba unos pantalones nuevos, una camisa. Al final terminé comprándome un trajecito que me ofrecieron en tres cuotas. Volví al barco para cambiarme, me bañé y para eso de las seis salí al ruedo. El pelo todavía mojado, el traje con olor a recién comprado. Me sentía un tigre caminando por la Cazón, si hasta me daban ganas de rugir cuando pasaban las viejas. Un par de minas me miraron de reojo en la sombra de un bar, pero yo sólo tenía una mujer en la cabeza: alta, de crenchas coloradas que se sacudían con su cuerpo, blanca como la nieve, siempre de rojo. La Colorada era el dragón de la noche, y yo… yo estaba dispuesto a que me comiera vivo.
Ahora me pregunto si el que me haya dejado el bufoso en el arenero fue un error de mi inocencia o una oportunidad del destino, que me hizo volverme por dame tiempo a pensar. De una forma u otra, cuando uno tiene la muerte en los ojos, ya no hay quién se la saque. Se mata primero en la cabeza, y después el cuerpo se arrastra, se somete a la voluntad de lo que ya pasó. Cuando uno mató a una persona en la cabeza, ya está muerta; se aprieta el gatillo para cumplir una mera formalidad, para que el rugir del arma lo convenza a uno, lo amaine.
Cuando entré al Tigre Dorado, la vieja Vargas me puso el alto. Me dijo que estaban completos por la noche, que me fuera. Que así vestido le espantaba a los clientes, que la Colorada no trabajaba más ahí. Que me fuera, que me volviera, que esa noche no. Mirá qué pintón que estás, andate a la Cazón, haceme caso. Buscate una buena piba. Vos no tenés nada que hacer acá.
Parece que no elijo bien las cosas, o la gente no me quiere. El Polaco, el primer día que subí al arenero me dijo: ¿Y vos que hacés acá? Sos muy blandito, pibe. El arenero te va a comer los huesos. Rajá, que todavía podés. Tal vez tenía razón, pero nunca fui muy bueno escuchando consejos.
Discutí con la vieja hasta que se abrieron algunas puertas. En eso apareció un cana en calzoncillos, con la camisa azul desabrochada y con la reglamentaria en la mano, pero la vieja lo tranquilizó, y el grandote bigotudo se volvió a meter en la habitación, protestando como perro demasiado grande cuando lo chumba un chiquito. Yo no oía nada. La vieja me hablaba y me hablaba, pero yo miraba por encima de ella, a la puerta de la Colorada. Yo había venido por la Colorada, y nadie me lo iba a impedir. No está, me dijo. La luz de la pieza estaba apagada, pero eso no quería decir que no estuviera. A lo mejor, al que estaba con ella le gustaba así, o a lo mejor no estaba con nadie, a lo mejor dormía. A lo mejor, desde que yo me había ido, no había querido estar con nadie más. Se había pasado los días casi sin comer, esperando mi regreso; el regreso de una esperanza, de un futuro. A lo mejor, hasta se había enfermado de no comer, y la vieja, sabiendo que la Colorada se moría, no quería darme la mala. O a lo mejor me tenía bronca, porque la había visto palidecer sin que yo diera señales de vida. Hablaba y hablaba, pero no podía entender lo que me decía.
En un momento no aguanté más. La puse a un costado de un manotazo que la dejó tambaleante, y me fui para la habitación. Ya sabía lo que me iba a encontrar, pero no me encontré nada. Me imaginaba a la Colorada en la cama, pálida, medio muerta, rodeada de un grupo de compañeras que en vano querían hacerle comer o tomar algo. Y entonces yo llegaba, y ella me veía, y con la última sonrisa de su mano en mi mano, moría.
No alcancé a llegar. Vi que algo se movía a mis espaldas y me volteé pensando que era el cana que se me venía encima. La Colorada, vestida como una dama de sociedad, venía del brazo de un compadrito que sabía pasearse por el Canal haciéndose el duro. Venía riéndose, y cuando me vio, no bajó la mirada. Venía riéndose, y era de mí de quien se reía. Me dijo: qué hacés pibe, hoy estoy ocupada; y siguió de largo a la pieza, mientras el otario me empujaba a un lado para hacerle paso.
Después ya no me acuerdo de mucho. El arenero se me reía en la cara, y yo iba como un toro a su encuentro. Levanté la cajita de chapa que tenía escondida debajo de la cama, donde guardaba el bufoso, la plata, y la tanga de la Colorada, de la engañera, de la esperanza muerta que se me hacía piedra en el pecho.
Y me fui. El Rata me seguía desesperado. Me hablaba, trataba de que me enfriara, pero ya era tarde: ya la había matado. Lo único que faltaba era ir a ver si tenía el coraje de apretar el gatillo.
Tengo recuerdos vagos de alguna esquina de Cazón, y de algún grupo de pibes que se apretujaban a la pared mientras pasaba con el arma en la mano. De alguna forma, me las ingenié para cruzar la esquina de la comisaría sin que me vieran. Se ve que había tenido mi elección antes; ahora en cambio, lo que quedaba era llegar a mi destino.
Cuando volví a entrar al Tigre Dorado, la vieja había desaparecido. No me acuerdo de quiénes estaban, pero escuché que alguno gritó. Abrí la puerta de un empujón, la habitación estaba a oscuras. En el recuadro que iluminaba la puerta, vi a la Colorada dormida y al otario, que se había sentado en la cama, pálido como una hoja, observando cómo su vida latía entre mi dedo y el gatillo.
Entonces me llegó la realidad. Como si se hubiera corrido el telón de la furia, me vi a mi mismo en la puerta, empuñando el arma, y los ojos de la Colorada, marrones como el río, como la arena que chupan las mangueras, como el gasoil que mancha las paredes del arenero. Y todos ellos, juro que eran todos, lloraban en silencio.

Se mata primero en la cabeza, y después el cuerpo se arrastra, se somete a la voluntad de lo que ya pasó. Esa noche murió ella, y morí yo. Nos morimos juntos, en nuestro departamentito recién alquilado, con el mocoso y con los sueños. El Polaco sostiene que ese día me hice hombre. Tal vez para ser hombre haya que haberse muerto. Tal vez murió el de tierra, y quedó el de río. Sé que le grité puta como mil veces. La puteé y reputeé; y lloré mientras la puteaba con todo lo que me quedaba adentro, mientras la veía llorar también a ella, temblando. Después le di el bufoso al cana y me volví al arenero. El Rata me compró un helado cuando llegamos a la estación, y nos sentamos a comerlo en uno de los banquitos que están en la orilla. No me acuerdo de qué gusto era.

Treinta monedas

Finalista:
IV CONCURSO INTERNACIONAL DE MICRORELATOS

 

¡Treinta monedas de plata!, sonrió Judas.
¡Treinta y una lo salvan!, subastó mi voz.
—¿Quién no es valiente en un sueño?—
Metí la mano en el bolsillo, pero cuando la abrí, solo había catorce.
Entonces me pregunté en qué cree el que me sueña mientras duermo.

El viejo (a José Saramago, in memoriam)

A José Saramago.

En las islas, donde acaban muchos ríos indecisos, se queda todo aquello que por vértigo indescriptible o esperanza de vuelta atrás no ha querido, o no ha podido, hacerse a la mar; entendiéndose que tal cosa no es tan fácil como un súbete a este bote que te llevo, porque a diferencia del hombre, y no de todos ellos, hay cosas con raíces, como los sentimientos, o arraigadas, como los árboles, que entonces no son enteramente libres de ir adonde han de irse ni pudientes de quedarse donde quisieran. Y entonces quedan como flotando, siempre arrastradas por una corriente que nunca termina de llevárselas, y siempre atascadas en una tierra donde nunca terminan de asentarse. Son, entonces, espíritus que están y no están, y a lo mejor, entre tanta idayvuelta de soles, se pierden en el tiempo.
A mí me encanta mirar al viejo sentado en el muelle. Su cuero es un manta gruesa y arrugada que cubre unos cuantos huesos cansados con la esperanza de que el sol no los carcoma, ni la noche los enfríe más de lo prudente, ni terminen desparramados por esta tierra que ni lo es, porque cuanto más, llega a recuerdos de río amontonados, uno sobre otro, en tal cantidad y con tanta obstinación que, como a los recuerdos, le empiezan a brotar hojas nuevas en la superficie, por aquello de que la memoria es plástica y antes deforma que olvida.
En los ojos eternamente marrones del viejo fluye el río. Y quién podría asegurar que no fueron alguna vez azules de mar gringo, o negros de moro pensamiento, o tal vez esos ojos lavados de galleguito que se perdió en el mar y terminó indiano. Los ojos, por el ver, tienen tanto derecho como el que más a quedarse prendados del paisaje, y estos, que tanto tiempo ha que ven este mismo río y este mismo barro pudieran por fortuna, o sin ella, haber elegido el marrón, que no el verde, y así se quedaron. No ha de ser el viejo quien los llame a la razón, si por mucho mirar no hay forma que el humano se mire más que con reflectarios artilugios que aquí no tienen cabida alguna: ni siquiera el río imita al cielo, ni el cielo al río, ni el monte a ninguno de ellos.
El agua se hace pilote de madera dura, probablemente traída del Chaco, y la madera se hace silla vieja poco antes de hacerse viejo. Los huesos se apoyan sobre la paja que las patas de la silla tensan bajo él. Y aquí uno podría caer en esas credulidades de pensar que la silla es tan solo un adminículo accesorio al viejo y no parte del viejo mismo; pero entonces tal vez convendría recordar, si podemos, la cantidad de días que esta pegada a la misma piel que la pelvis, salvo que del otro lado, y entonces a lo mejor convendría ensayar algún término científico, o médico, como esqueleto externo, o secreción de espera, tanto porque no sabemos si la silla estaba allí desde antes de la llegada del viejo, como si la misma se fue formando de paciencias muertas que, una tras otra, se han sumado por incontables jornadas alternando fríos y calores bajo el viejo.
Sobre la cabeza del viejo bailan, al influjo del viento, un centenar de sombras entre los últimos sobrevivientes de una cabellera cuyo color desgastado no podremos adivinar. Sea por efecto de este río que tanto tiene de Leteo como de Aqueronte, sea porque el cabello de los hombres toma el color de sus pensamientos, cosa poco probable, o de sus esperanzas, poco creíble, digamos entonces que cuando se da cuenta que la vida se asemeja a un muelle en el que se espera la barca de Caronte, y aquí si, hemos llegado a una imagen conocida, es entonces que empieza a interesarse por otras cosas, otros estudios, otros menesteres, y con los viejos desaparece el color del cabello. Por supuesto hay quien dirá que es mucha palabra para la sabiduría de las canas, pero habrá que tomarse el tiempo para pensar si de sabiduría se trata, o de humanidad crecida.

Gustavo Ripoll, junio de 2010.

La Plaza (diciembre de 2001)

“Quoted: Nevermore”
E. A. Poe – The Raven.

En la plaza, frente a mi ventana, en la cima de la estatua que con lanza y con escudo se encumbra altiva, se ha parado el cuervo.

Lo escucho afilar su pico contra la dura piedra. Ya no importan las cortinas, los candados, las rejas, guardias, ejercito de ciegos ni sorderas palaciegas que entre él y yo amontone: su graznido destemplado grita “andáte”, en un tono más profundo que el mayor de mis silencios.
Ya no importa cuanto explique. Que yo tengo el poder. Que hago falta. Que no es fácil. Que soy necesario. Que cada masoquista ha de tener su sádico. Que al fin y al cabo fue él, cuando era paloma blanca revoloteando la plaza, quien me regaló estas paredes. Nada parece importarle: solo repite “andáte”.
El no entiende que este es mi hogar, que no puedo irme. Que abandonar el sillón desde el cual veo atardecer, es morirme por dentro. Necesito mi casa. Y aunque se caiga sobre mí como la mansión de Usher, me aferraré a ella. Pero es inútil, el solo entiende de hambres y de justicias, de sueños de libertad y de anacrónicas prosperidades. Mirándome, solo sabe canturrear: “andate”.
Pronto seré una sombra. Solo la forma que ha moldeado lo mullido del sillón tras mi escritorio. Un mal recuerdo: de esos que no quedan fijos en la cabeza de un cuervo. Y entonces vendrá un nuevo yo, y otro más, y luego otro. Y el cuervo por siempre seguirá graznando.Puede que al final sea él quien pierda la guerra, no lo sé; pero hoy al menos, me ha ganado la batalla.
Ahí está ¿lo escuchan? Solo dice “andáte”.

Diciembre del 2001.