Los juntapiedras

Comencé a juntar piedras desde chico, yo diría que desde que tengo memoria. En un principio no entendía por qué; ahora no importa.

A medida que fui creciendo, mi padre me enseñó a juntar piedra tras piedra, a practicar y a esforzarme por que cada una fuera más grande que la anterior. Parte importante de mi educación fue aprender a respetar y admirar las pilas de piedras dejadas por mis antepasados y por los grandes hombres del pasado. Ellos nos legaron inmensas pirámides rocosas a las cuales admirar.

A medida que crecí, las piedras se fueron haciendo más grandes. Un nuevo logro era poder juntar una mayor a la anterior. No fueron pocos los amigos que perdí bajo una ambición desmedida que nunca pudieron terminar de levantar.

Ya hombre, aprendí a confeccionar bolsas más grandes, para poder llevar más piedras. De tanto en tanto, a la sombra de alguna pared montañosa o en el resguardo de la noche, volvía a abrir mis bolsas y rebuscar los pequeños guijarros inocentes que junté de pequeño. El recuerdo de esas proezas menores no pocas veces me llenaron de lágrimas.

Para cuando fui viejo, las bolsas de piedra se habían acumulado tanto que casi no me permitían respirar. La acumulación, creo yo, es como una gran piedra formada de pequeñas partes. Las formas punteagudas y las depresiónes que se forman en la bolsa, de alguna manera nos definen.

Un día las bolsas se rompieron. Tuve miedo. Pensé que toda la obra de mi vida se había destruido. Todas mis piedras cayeron al piso de repente y formaron una gran montaña, más pequeña que algunas que he visto, mayor que muchas otras. La sensación fue increible. Liberado de aquel peso comprendí al fin por qué los mayores ya no están con nosotros.

Cuando las piedras se caen, uno puede ir a donde quiera.

El universo del estante

En mis pesadillas, hordas de alfabéticos bibliotecarios diluyen la entropía de los libros; desacomodando lo misteriosamente acumulado, para subvertirlo en algún orden fraudulento y burocrático.

¿Cuántos libros se han leído por el simple hecho de estar al lado del que se quería comprar, o en la misma repisa que aquel que se quería leer? Escribo lo que soy, soy lo que leo.

¿Cuanto estaríais dispuestos a pagar por la lista desordenada de los libros de Borges? Por la impresionante biblioteca mental cuyos pasillos se abrían tras los velados ojos de aquella expresión. Un índice de Borges mismo perdido en laberintos de facsímiles. La lista de sus libros: no la efímera colección que reuniera para alguna editorial, sino la propia, en qué orden, en qué lugar, cuáles a mano, cuáles en las ultimas repisas donde se ven pero nunca se leen?

Ya sabemos que las memorias de Shakespeare, dispuestas en los estantes de Borges no producen Romeos y Julietas. Pero, ¿que hay de sus libros? ¿Que hay del desorden de sus títulos; de aquellos que retozaron en su memoria, dispuestos en secuencias imposibles y desconcertantes?

¡Volved a mí! Furias de la creación, Valkirias del plan, Musas de lo inconsciente. Vengad la sangre del azar, que los críticos escurren con prolijos paños. Solo en el reino del desorden vive la creación.

Un ADN de páginas compone mi identidad de narrador. Soy un golem de palabras. Reinvento y continúo a los que me precedieron en el arte de narrar. Se mezclan en mí los genes de cópulas imposibles en el tiempo y el espacio, solo reconciliables en el universo del estante.

La intertextualidad crece en el polvo de la yuxtaposición. Mi yo narrador se acumula entre un facsímil de bolsillo del Aleph, y unTratado general de semiótica. Mi voz es un Eco; mi hogar, un Shakespeare; mi destino, tal vez, un Juguete rabioso.

La verdad es simple tanto como estéril: aunque yo nazca en las iluminadas letras de un ordenador, el que me sueña, el ser que pregona la blasfemia de llamarse autor, no es más que una bruja de caldero, revolviendo los brebajes preparados con el polvo de la biblioteca universal.

Clavado

“Las noches y las lunas suburbanas
y mi amor en tu ventana
todo ha muerto, ya lo sé.”
Sur — Homero Manzi/Aníbal Troilo

Cuando el grueso hierro atravesó sus partes duras sintió un temblor y un crujido; en las partes blandas, las olas lacerantes del dolor llegaron desconectándolo del tiempo, congelando los segundos en eternidades imposibles.

Y después lo peor. Porque uno cree que ya no queda nada, pero aún faltan los últimos espasmos, los más dolorosos. Postreros intentos de despertar de la pesadilla, de volar lejos. Cada movimiento es un agujero en la conciencia, un punto en el que el dolor no deja pensar. Tal vez para que uno no se asuste, para que no se entere: cruel piedad de no entender la muerte.

Murió clavado a su destino, como morimos todos.

Nacés, te criás con otros tantos polillones, te vestís de gris serio o de caqui trabajador, según te toque, y volás…

Volás sin fin ni rumbo fijo por la noche eterna de Buenos Aires, buscando una luz asesina que aturda la ansiedad. Y un día, uno igual que cualquier otro, terminás ensartado en un cielo de tergopol, rodeado de otros tantos, frente a un Dios que te sonríe, sin entender tu dolor.

Doña Juana

“Juana Azurduy, flor del Alto Perú
No hay otro capitán más valiente que tú”
Juana Azurduy — Felix Luna/Ariel Ramirez

Se acerca la horda reventando potros. Es una marea de tierra y acero que inquieta el paisaje. Un amasijo de bravos. Y al frente, como ganándole a la polvareda que levantan los “Leales”, Doña Juana.

Se Viene. Con crenchas de polvo y sangre. Con pica de odio en la vista. Lanceando españoles. Marcando a su paso la patria, quemando camino.

Anda envuelta en tormenta de destellos. Rayos de sol desgarrados por el sable que le regaló Belgrano, chispas que saca a las piedras, vergüenza robada a los grandes comandantes, que caen al paso del malón.

Los godos van bajando la lomita, ni cuenta se dan hasta que ya es tarde. Se les viene el indiaje encima, aunque en la maroma solo la ven a ella: la muerte que monta a caballo.

Un realista se escapa de las filas. Embiste sable en mano, agachando el galope, pero es tarde: levanta la cabeza solo a tiempo de verle la cara. Un solo instante, suficiente para caer en aquellos ojos negros que prometen muerte, antes que el acero cumplidor, lo desguace.

¡Que grande que se ve el yuyo con la cara en el piso! El mundo retumba en la oreja al paso de la horda. El cuerpo se afloja en sangre. La vista, en el ángulo de la muerte, ve la nube perderse en el horizonte.

Allá va Doña Juana.

Abril del 2002.

Treinta monedas

Finalista:
IV CONCURSO INTERNACIONAL DE MICRORELATOS

 

¡Treinta monedas de plata!, sonrió Judas.
¡Treinta y una lo salvan!, subastó mi voz.
—¿Quién no es valiente en un sueño?—
Metí la mano en el bolsillo, pero cuando la abrí, solo había catorce.
Entonces me pregunté en qué cree el que me sueña mientras duermo.