Gustavo Daniel Ripoll

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De mañana

Finalista:
IV Concurso de Microrelatos Eróticos

 

Nada puedo hacer. El mundo tiembla y me acurruco como un gorrión aterido. De mi enarbolada libertad solo queda el rezongo murmurado en las caricias: un aleteo frágil de suficiencia fanfarrona. Lo perdí todo, o quizás lo entregué. Ya no hay pasado: solo un presente continuo.

Mujer

Una mujer. Una mujer y un cuchillo. Un amasijo de curvas pensado para trazar la vida. Quién te crea y quién te corta. Un vientre y un filo. Y el peligro, jugando con el surco del metal en la tierra. Te marcó la costilla, muñequito de barro; y vos encima enamorado.

Vida de viajero

Cuando tenía ocho o nueve años, desde un sillón azul en casa de mi padre, salí a recorrer el mundo en compañia de huérfanos, buscando al Capitan Grant. Cruzamos pampas, montañas y océanos hasta tierras lejanas que ya poco recuerdo. Fue, tal vez, aquélla aventura la que encendió mi alma de viajero.

A los quince años, lo llevo aún grabado en las retinas, desde otro sillón, amarronado y cómodo, divisé por primera vez las murallas de Basora. Volvía con Simbad de tierras extrañas.

No fue sino hasta pasado los veinte, que conocí Barad Dur, las profundidades de Moria, y los hermosos bosques de Lotlhorien. Luego vinieron Finisterre, Atuan, Dune y otros tantos lugares que se mezclan en la memoria del viejo. Vagamente recuerdo que me trepé al balcón, desafié la tempestad, vengué cierto orguyo paterno y presencié la traición en casi todas sus formas. Me paré sobre la tumba de Ricardo Reis, volé en passarola y ayudé a construir el convento. Salvé los libros que pude cuando se quemó la abadía, y caminé hasta el hartazgo tras un loco llamado Baudolino.

Ya de grande volví a Comala. Viví un tiempo en Santa María, combatí con el Gringo para Pancho Villa y ví morir a Artemio Cruz, a Funes, al Capitán que no lo era y a Borges, en un boliche del Sur. Pero no importa que tan lejos vaya, siempre vuelvo al sillón; eso es lo que dicta la trama.

Y por último ahora, de viejo, cometo la imprudencia de vivir mis propias aventuras, casi siempre dando vueltas por aquel río mítico cuyas aguas marrones no se mueven.

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Licantropía

Cuando toma la senda peatonal para el trote diario de las tardes, siente que al fin la bronca y las preocupaciones del día empiezan a aflojarse de sus músculos. Por extraño que pudiera parecer, este desgaste final lo ayuda a aflojar las tensiones y a recuperar la energía que perdió durante el día.

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Los juntapiedras

Comencé a juntar piedras desde chico, yo diría que desde que tengo memoria. En un principio no entendía por qué; ahora no importa.

A medida que fui creciendo, mi padre me enseñó a juntar piedra tras piedra, a practicar y a esforzarme por que cada una fuera más grande que la anterior. Parte importante de mi educación fue aprender a respetar y admirar las pilas de piedras dejadas por mis antepasados y por los grandes hombres del pasado. Ellos nos legaron inmensas pirámides rocosas a las cuales admirar.

A medida que crecí, las piedras se fueron haciendo más grandes. Un nuevo logro era poder juntar una mayor a la anterior. No fueron pocos los amigos que perdí bajo una ambición desmedida que nunca pudieron terminar de levantar.

Ya hombre, aprendí a confeccionar bolsas más grandes, para poder llevar más piedras. De tanto en tanto, a la sombra de alguna pared montañosa o en el resguardo de la noche, volvía a abrir mis bolsas y rebuscar los pequeños guijarros inocentes que junté de pequeño. El recuerdo de esas proezas menores no pocas veces me llenaron de lágrimas.

Para cuando fui viejo, las bolsas de piedra se habían acumulado tanto que casi no me permitían respirar. La acumulación, creo yo, es como una gran piedra formada de pequeñas partes. Las formas punteagudas y las depresiónes que se forman en la bolsa, de alguna manera nos definen.

Un día las bolsas se rompieron. Tuve miedo. Pensé que toda la obra de mi vida se había destruido. Todas mis piedras cayeron al piso de repente y formaron una gran montaña, más pequeña que algunas que he visto, mayor que muchas otras. La sensación fue increible. Liberado de aquel peso comprendí al fin por qué los mayores ya no están con nosotros.

Cuando las piedras se caen, uno puede ir a donde quiera.

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