Revolviendo viejos archivos…

“Por el este se asoma el sol, con esa emperrada manía de asomarse como si fuera un día más, un día cualquiera. Las cosas malas siempre pasan un día cualquiera. Sería bueno que uno lo agendara. O mejor, que viniera, si es que los destinos están determinados, preimpreso cuando uno compra la agenda. Entonces se levantaría la gente esta mañana, y al leer en el libro las ocupaciones del día, se encontraría, por ejemplo, con una frase que dice: Día cualquiera, no te cases ni te embarques. Y si uno por mala fortuna o descuido ya esta casado, o embarcado, puede prepararse, poner, al menos mentalmente, las cosas en orden y sufrir lo que haya que sufrir como Dios manda, sin la desesperación del asunto pendiente, o la cosa por hacer, que tanto fantasma ha creado. Pero no, el dicho reza “martes, no te cases ni te embarques”. Y aunque hoy sea martes, y aunque estos estén embarcados, ni se recuerdan del dicho; al fin de cuentas, hoy es un día cualquiera.”

Gustavo D. Ripoll
Margareth O’ Hara — Inicio del capítulo 3
Un viejo proyecto de novela abandonado…

Textos técnicos

Les cuento que publiqué algunos escritos técnicos cortos en Academia.edu. Están disponibles para leer y para descargar desde allí:

  • “El otro verosímil”
  • “Entre el redactor y el escritor”
  • “Marginalidad social en La invención de Morel de Bioy Casares”
  • “Sobre “Bienvenido, Bob” de Onetti”

Luego vamos a publicarlos también aquí en el sitio, pero por ahora nos parece que es Academia.edu es un lugar serio donde se pueden alojar.

¡Muchas gracias!

Vida de viajero

Cuando tenía ocho o nueve años, desde un sillón azul en casa de mi padre, salí a recorrer el mundo en compañia de huérfanos, buscando al Capitan Grant. Cruzamos pampas, montañas y océanos hasta tierras lejanas que ya poco recuerdo. Fue, tal vez, aquélla aventura la que encendió mi alma de viajero.

A los quince años, lo llevo aún grabado en las retinas, desde otro sillón, amarronado y cómodo, divisé por primera vez las murallas de Basora. Volvía con Simbad de tierras extrañas.

No fue sino hasta pasado los veinte, que conocí Barad Dur, las profundidades de Moria, y los hermosos bosques de Lotlhorien. Luego vinieron Finisterre, Atuan, Dune y otros tantos lugares que se mezclan en la memoria del viejo. Vagamente recuerdo que me trepé al balcón, desafié la tempestad, vengué cierto orguyo paterno y presencié la traición en casi todas sus formas. Me paré sobre la tumba de Ricardo Reis, volé en passarola y ayudé a construir el convento. Salvé los libros que pude cuando se quemó la abadía, y caminé hasta el hartazgo tras un loco llamado Baudolino.

Ya de grande volví a Comala. Viví un tiempo en Santa María, combatí con el Gringo para Pancho Villa y ví morir a Artemio Cruz, a Funes, al Capitán que no lo era y a Borges, en un boliche del Sur. Pero no importa que tan lejos vaya, siempre vuelvo al sillón; eso es lo que dicta la trama.

Y por último ahora, de viejo, cometo la imprudencia de vivir mis propias aventuras, casi siempre dando vueltas por aquel río mítico cuyas aguas marrones no se mueven.

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Licantropía

Cuando toma la senda peatonal para el trote diario de las tardes, siente que al fin la bronca y las preocupaciones del día empiezan a aflojarse de sus músculos. Por extraño que pudiera parecer, este desgaste final lo ayuda a aflojar las tensiones y a recuperar la energía que perdió durante el día.

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