Trapo Blanco

Una de las pocas cosas que recuerdo claramente de mi infancia es que adentrarse en el terreno de las hermanas, como le decían, no era para cualquiera. No sólo me lo habían prohibido a mí, sino que los mayores tampoco lo hacían. Decían que un algún tiempo atrás vivían allí dos hermanas rusas que eran idénticas. Se contaba que eran muy extrañas y que no se daban con nadie. Un día, una noche en realidad, el rancho se había prendido fuego con ellas dentro.

Como no tenían parientes conocidos, y nadie se presentó a reclamar nada, el terreno se había puesto a remate. Pusieron un trapo blanco en uno de los postes del muelle y se notificó a todos los vecinos, pero nadie se presentó. La gente no quería saber nada porque, al parecer, sólo habían encontrado el cuerpo de una de las hermanas. Se creía que la otra había huido y vivía sola en el monte, o que se había hecho fantasma, o las dos cosas. Todo el mundo estaba seguro de que la casa estaba maldita. Los vecinos aseguraban que de noche se volvía a ver el incendio, que se escuchaba a las hermanas gritando y otras tantas cosas más.

La bandera blanca que habían colgado se fue ensuciando y rompiendo con el tiempo, y al lugar le empezaron a llamar Trapo Blanco.

Mujer

Una mujer. Una mujer y un cuchillo. Un amasijo de curvas pensado para trazar la vida. Quién te crea y quién te corta. Un vientre y un filo. Y el peligro, jugando con el surco del metal en la tierra. Te marcó la costilla, muñequito de barro; y vos encima enamorado.

Revolviendo viejos archivos…

“Por el este se asoma el sol, con esa emperrada manía de asomarse como si fuera un día más, un día cualquiera. Las cosas malas siempre pasan un día cualquiera. Sería bueno que uno lo agendara. O mejor, que viniera, si es que los destinos están determinados, preimpreso cuando uno compra la agenda. Entonces se levantaría la gente esta mañana, y al leer en el libro las ocupaciones del día, se encontraría, por ejemplo, con una frase que dice: Día cualquiera, no te cases ni te embarques. Y si uno por mala fortuna o descuido ya esta casado, o embarcado, puede prepararse, poner, al menos mentalmente, las cosas en orden y sufrir lo que haya que sufrir como Dios manda, sin la desesperación del asunto pendiente, o la cosa por hacer, que tanto fantasma ha creado. Pero no, el dicho reza “martes, no te cases ni te embarques”. Y aunque hoy sea martes, y aunque estos estén embarcados, ni se recuerdan del dicho; al fin de cuentas, hoy es un día cualquiera.”

Gustavo D. Ripoll
Margareth O’ Hara — Inicio del capítulo 3
Un viejo proyecto de novela abandonado…