Roland Barthes

Imagen frecuente: la de la nave Argos (luminosa y blanca); los argonautas iban reemplazando poco a poco todas sus piezas, de suerte que al fin tuvieron una nave enteramente nueva, sin tener que cambiarle ni el nombre ni la forma. Esa nave Argos es muy útil: proporciona a la alegoría un objeto eminentemente estructural, creado, no por el genio, la inspiración, la determinación, la evolución, sino por dos actos modestos (que no pueden captarse en ninguna mística de la creación): la sustitución (una pieza desplaza a otra, como en un paradigma) y la nominación (el nombre no está vinculado para nada a la estabilidad de las piezas): a fuerza de hacer combinaciones dentro de un mismo nombre, no queda ya nada del origen: Argos es un objeto que no tiene otra causa que su nombre, u otra identidad que su forma.

Otro Argos: tengo dos espacios de trabajo, uno en París y el otro en el campo. Del uno al otro no hay ningún objeto en común, pues no se transporta nunca nada. Sin embargo, los dos lugares son idénticos. ¿Por qué? Porque la disposición de los útiles (papel, plumas, pupitres, relojes, ceniceros) es la misma: es la estructura del espacio lo que configura su identidad. Este fenómeno privado bastaría para esclarecer el estructuralismo: el sistema prevalece sobre el ser de los objetos (Barthes, 1978:50-51).

Barthes, Roland (1978). Roland Barthes por Roland Barthes. Barcelona, Editorial Kairós.

Trapo Blanco

Una de las pocas cosas que recuerdo claramente de mi infancia es que adentrarse en el terreno de las hermanas, como le decían, no era para cualquiera. No sólo me lo habían prohibido a mí, sino que los mayores tampoco lo hacían. Decían que un algún tiempo atrás vivían allí dos hermanas rusas que eran idénticas. Se contaba que eran muy extrañas y que no se daban con nadie. Un día, una noche en realidad, el rancho se había prendido fuego con ellas dentro.

Como no tenían parientes conocidos, y nadie se presentó a reclamar nada, el terreno se había puesto a remate. Pusieron un trapo blanco en uno de los postes del muelle y se notificó a todos los vecinos, pero nadie se presentó. La gente no quería saber nada porque, al parecer, sólo habían encontrado el cuerpo de una de las hermanas. Se creía que la otra había huido y vivía sola en el monte, o que se había hecho fantasma, o las dos cosas. Todo el mundo estaba seguro de que la casa estaba maldita. Los vecinos aseguraban que de noche se volvía a ver el incendio, que se escuchaba a las hermanas gritando y otras tantas cosas más.

La bandera blanca que habían colgado se fue ensuciando y rompiendo con el tiempo, y al lugar le empezaron a llamar Trapo Blanco.

Gustavo Daniel Ripoll – Trapo Blanco, Caballo Tuerto

—Un caballo —comentó don Miguel con una mueca.— Como los de tus pesadillas, y como el que fue a visitar acá al amigo. Evidentemente estamos hasta la cabeza en esto. A ver si entiendo… Tenemos un viejo de traje blanco que anda por los caminos y las encrucijadas, lindo tema, y que viene del lado afroportugués. Pero por el otro lado tenemos al señor Orobás, que comanda legiones, se disfraza de caballo y viene a revelar el pasado, el presente y el futuro ¡Genial! Si a eso le sumamos una bruja y un lugar maldito, estamos hechos.

De Trapo Blanco, Caballo Tuerto. En corrección.

Michel Focault – Historia de la sexualidad 1

Se trata, en suma, de interrogar el caso de una sociedad que desde hace más de un siglo se fustiga ruidosamente por su hipocresía, habla con prolijidad de su propio silencio, se encarniza en detallar lo que no dice, denuncia los poderes que ejerce y promete liberarse de las leyes que la han hecho funcionar.