La libertad, el sexo y la revolución

Ayer conocí a un joven. Tenía veintitantos, manejaba un Uber.

El joven estaba convencido de que participaba de una verdadera revolución, algo nuevo, que cambiaba a la humanidad: la revolución de la libertad sexual. Estaba emocionado.

Le pregunté si había leído El banquete de Platón, pero no lo conocía. Había escuchado que Platón era un filósofo, pero nada más. Tampoco conocía El satiricón de Petronio, pensaba que era una revista. Alguna vez había escuchado de Oscar Wilde, pero no sabía ni que era escritor, ni qué había escrito.

El jóven se sorprendió mucho cuando supo que los gays no eran una novedad del siglo XX. El pensaba que nunca antes habían existido. No sabía que había homosexsuales en Grecia, y en Roma, y en casi todos los tiempos que desde entonces. A veces bien vistos, a veces mal vistos.

Tempoco sabía que la homosexualidad se permitía en las cruzadas, ni que era condenada en la época de la Inquisición. Que las orgías eran comunes en el Imperio Romano, y en el Renacimiento, y en la época de los Dandys.

El jóven no sabía.

Siempre hubo homosexuales, y a veces también hubo cobardes que los persiguieron. La plurisexualidad actual es más bien una moda que una revolución.

También, siempre hubo ignorantes, y monstruos empecinados en que nunca se acaben. Ignorantes convencidos que la única forma de dirigir y liderar es conseguir que todos los demás sean más ignorantes aún que ellos; convertirlos en una masa de músculo sin cerebro. Gente que no cree en brillar, sino en opacar a los de al lado.

La revolución sería que no hubiera ignorantes.

ESA sería, por primera vez, un verdadera revolución.

William Shakespeare

Sigh no more, ladies, sigh no more,
Men were deceivers ever,
One foot in sea and one on shore,
To one thing constant never.
Then sigh not so, but let them go,
And be you blithe and bonny,
Converting all your sounds of woe
Into Hey, nonny nonny.
Sing no more ditties, sing no mo
Of dumps so dull and heavy.
The fraud of men was ever so,
Since summer first was leavy.
Then sigh not so, but let them go
And be you blithe and bonny,
Converting all your sounds of woe
Into Hey, nonny nonny.

Much Ado About Nothing – Act 2, Scene 3







La brasilera

Una línea precisa y definida contra un mundo infinito y fuera de foco. Una pequeña recta, que se une a otra recta, y a otra más, y compone, a la distancia, una curva suave y envolvente. No entiende de geometrías pero sabe dónde hay que ajustar, donde hay que dejar libre. La pose es su naturaleza; se para aquí o allá, se mueve de esa manera, o de la otra, siempre morosa, para acentuar la curva o la recta. Maneja todos los pequeños detalles de las transparencias y de los colores. Le encanta tejer detalles para formar la gran figura. La forma, más que la forma el instinto, le dicta dónde tiene que pararse, cómo estirarse, cómo moverse, siempre en eternos círculos. Cómo bailar la danza atrapapresas. Las líneas tironean forzadas; pero de lejos, de lejos es solo una suave tela que deja ver todo, que no deja pasar nada.

Viene entrenando desde pequeña. El que ose penetrar el laberinto de sus curvas estará condenado al desastre. No verá siquiera la entrada cuando la atraviese: quedará atrapado. Por un momento pensará que puede liberarse; ejecutará movimientos descreídos, después espasmódicos, y al final desesperados. Para ella, los nervios están antes. Cuando el que viene entre al laberinto la victoria estará confirmada. Entonces se irán los problemas; entonces ya no habrá más dudas. Entonces, relajada, jugueteará con la presa antes del golpe final.

Comienza el temblor: el instinto prende todas las alarmas del deseo. Su cuerpo se aceita en el movimiento. La selva que la rodea se detiene un instante. Es un predador a la espera de su presa. Ahora todo depende del balance. Ni mucho temblor, ni mucha rigidez. Suave, para que quede pegado; fuerte, para que las formas no se rompan.

Ahí está el que vino. Nunca esperó que fuera tan grande. La fuerza del encuentro la vuela de su trampa. Ahora es ella la perseguida. No estaba preparada para esto. Se queda quieta, observando lo imposible. El cuerpo se le cierra y se aprieta sobre sí misma. El miedo, el eterno desconocido, la paraliza. Llegó. En el último vestigio de control, se inmola en la presa.

–¿Qué pasó?
—Una araña.
–¿Verde?
—Sí, una brasilera.